Adelgazar… ¿para qué?

Adelgazar… ¿para qué?

Hoy es mi cita con la Nutrióloga. Llevo despidiéndome de la comida engordadora toda la semana, y, obvio, seguramente ya subí de peso. Ni el pantalón me cierra… ¡Qué horror!

Llego 15 minutos tarde, el consultorio se encuentra lleno. Me anuncio en la recepción: “La Doctora se retrasó, ¿gusta tomar asiento?” Ocupo una silla que está junto a una señora muy delgada. Nos sonreímos. Me animo a preguntarle: “¿A poco tú vienes a consulta con la Nutrióloga? Yo te veo muy bien”. Su respuesta es afirmativa: “Llevo seis meses y he adelgazado ocho kilos… La dieta es muy buena y fácil de seguir; te cambia los hábitos”.

Veo que tiene sobre las piernas una revista. Es la Fuera Kilos, ¡yo escribo ahí! Me dan ganas de contarle, pero en ese momento la recepcionista la llama para entrar a consulta. Nos despedimos. Yo todavía espero casi 40 minutos, hasta que por fin escucho mi nombre.

Entro a un cuartito. Puf, me sudan las manos. “Suba a la báscula, por favor”, me indica la señorita. “Qué horror, ¿me quito el suéter? ¿Los anillos? ¿El collar?”. Todo pesa, así que casi me desvisto, pero no sirve de nada. Nooooo, ¡82 kilos!

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Mientras recorro el pasillo que me lleva al consultorio de la Doctora, pienso en cómo me he dejado. Me siento fatal, como si caminara hacia el patíbulo. Finalmente tengo enfrente a mi verdugo o, más bien, a mi salvadora, espero. Me hace una pregunta que me deja en shock: “¿Por qué quieres adelgazar?”

Me aclaro la garganta y respondo: “Para verme mejor, sentirme más cómoda, usar mi ropa, poder ir a más reuniones…”.  La plática continúa durante unos minutos. Después, me da mi régimen alimenticio, el cual compruebo que es bastante balanceado. “Vas a comprar un cuaderno, cada vez que cedas a un antojo, deberás escribir qué fue, qué emoción sentiste en ese momento y qué pasó, ¿ok?”

Perfecto, doy las gracias, salgo corriendo a la papelería, compro mi cuaderno muy emocionada y, por último, paso al supermercado para surtirme.

Llego a mi casa, y mientras leo la dieta para ver qué me toca cenar, suena el teléfono; es mi mamá. “Hola, ¿qué hiciste hoy?” Le relato mi día, con detalle de mi visita a la Nutrióloga. “Ay, mi hijita, si nunca sigues las dietas, ¿para qué gastas tu dinero?”

Cuelgo el teléfono llena de rabia, me dirijo a la alacena, veo un frasco de chocolates y pienso: “Es cierto, soy una loser”. Lo abro, volteo a ver mi cuaderno…

chocolates

Aventura pasada de La Nena

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